Noches de soledad

Normalmente, en medio de nuestras aflicciones, es cuando más lejos sentimos a Dios de nosotros, cuando más solos nos sentimos, cuando más caso hacemos a nuestros pensamientos y dejamos que las dudas se apoderen de nosotros, donde comenzamos a dudar de la Presencia de Dios, de Su amor por nosotros, de Su compasión, de Su misericordia, de Sus promesas.


Durante esas noches de soledad nos preguntamos: ¿Será que Dios realmente me escucha?, ¿Será que Dios se ha olvidado de mí? Incluso llegamos a compararnos con otras personas cercanas y sentimos que, de algún modo, Dios los ama y los bendice más que a nosotros. Y es que de verdad las situaciones se tornan difíciles y puede ser frustrante no obtener una respuesta cuando llevamos meses e incluso años clamando por lo mismo. Es entendible el desánimo que eso nos puede provocar como seres humanos, en ocasiones hasta viene un sentimiento de decepción hacia nuestro Padre, hacia nuestro Creador, pero, nosotros, como cristianos, como hijos de Dios, debemos hacer una pausa y ponernos a reflexionar: Dios es un Dios independiente y nosotros, como su creación, somos dependientes de Él, “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.” Juan 15:5.


Dios no es ajeno a nuestro sufrimiento, Él no es ajeno a nuestras noches de llantos, a nuestras noches de soledad; Él no cierra sus oídos ante nuestras súplicas, ante nuestros gemidos, ante nuestras necesidades. Debemos entender que los planes de Dios para nuestra vida siempre serán muchísimo mejores que los nuestros, que aun Su silencio es perfecto y que eso no significa que se haya olvidado de nosotros, al contrario; aun en medio de ese silencio, Él está obrando. Aun en medio de ese silencio, Él nos está hablando.


Él ya tiene nuestro futuro escrito y en Su tiempo, cuando Él quiera, cuando sea Su voluntad, en el momento exacto, Él nos bendecirá a Su manera. Aprendamos a depender más de nuestro Padre y a no frustrarnos cuando Él guarda silencio, aprendamos a escucharlo aún en medio de ese silencio y abrazar esa respuesta hasta que haga ruido.


“¡Bendito seas, Dios mío, por atender a mis ruegos! Tú eres mi fuerza; me proteges como un escudo. En ti confío de corazón, pues de ti recibo ayuda. El corazón se me llena de alegría, por eso te alabo en mis cantos.” Salmos 28:6-7


Por: Mike Namara


Comentarios

Entradas populares